Ártico y Antártida: viajar hasta los confines del mundo

El aire es diferente. No es únicamente frío, y tampoco se parece al aire que se puede respirar en la montaña o junto al mar. Tiene algo difícil de explicar… Una pureza extraordinaria que parece llenar los pulmones de una forma distinta. Mientras el viento acaricia el rostro y obliga a subir ligeramente el cuello de la chaqueta, el sol continúa brillando sobre el hielo y proyecta una luz tan intensa que todo parece más nítido y real.

El barco avanza lentamente entre bloques de hielo que flotan a la deriva. Algunos parecen fragmentos del camino, otros tienen el tamaño de una casa, y están los que son auténticas montañas blancas esculpidas por el tiempo. El sonido es casi imperceptible: el crujido lejano de un glaciar, el roce del agua contra el casco y el soplo sorpresivo de una ballena que emerge durante unos segundos antes de desaparecer de nuevo en la inmensidad.

Y lo que sucede es curioso… En ese momento ya no importa la fecha, ni el móvil, ni los correos electrónicos pendientes. Sólo existe el paisaje.

El olor del mar mezclado con el hielo, la inmensidad del horizonte y la sensación, cada vez más intensa, de encontrarse en uno de los últimos grandes territorios salvajes del planeta. Esa es una de las razones que convierte a un viaje al Ártico o a la Antártida en una experiencia tan especial.

No se trata únicamente de visitar un destino extraordinario, sino de sentir, aunque sea por unos días, la misma emoción que impulsó a exploradores como Shackleton, Amundsen o Nansen a navegar hacia regiones desconocidas, cuando los mapas todavía no se habían delineado por completo.

Hoy ya no es necesario formar parte de una expedición científica ni afrontar los riesgos de aquellos pioneros para descubrir estos lugares remotos. Sin embargo, la sensación continúa siendo parecida: la de avanzar hacia los confines del mundo y descubrir paisajes que siguen conservando intacta su capacidad para asombrar.

Ártico y Antártida: dos mundos distintos, una misma fascinación

Aunque suelen mencionarse juntos, el Ártico y la Antártida son profundamente diferentes. La Antártida es un continente cubierto por una inmensa capa de hielo que alberga algunos de los paisajes más espectaculares de la Tierra. Allí viven enormes colonias de pingüinos, focas que descansan sobre placas de hielo y ballenas que recorren las aguas australes alimentándose durante el verano antártico.

El Ártico, por el contrario, es un océano rodeado de territorios fascinantes como Groenlandia, Svalbard, Islandia o el norte de Noruega. Es el reino de los osos polares, de los grandes fiordos y de los glaciares que desembocan en el mar.

La diferencia más conocida entre ambos mundos suele resumirse de forma sencilla: si soñamos con ver osos polares, debemos viajar al Ártico; si imaginamos miles de pingüinos sobre un paisaje completamente blanco, la Antártida es el destino adecuado.

Sin embargo, reducirlos únicamente a su fauna sería injusto, porque lo que realmente convierte a ambos polos en lugares únicos, es la sensación de estar contemplando la naturaleza en su estado más puro.

Los cruceros de expedición: la mejor forma de descubrir los polos

Durante décadas, alcanzar estas regiones fue un privilegio reservado a exploradores y científicos, pero hoy, los modernos cruceros de expedición permiten acercarse a estos territorios de una manera segura, cómoda y enriquecedora.

Son cruceros que poco tienen que ver con un crucero tradicional, porque aquí el protagonista no es el barco: el protagonista es el destino.

Las jornadas se organizan para pasar el mayor tiempo posible fuera del buque, explorando. Navegar en embarcaciones Zodiac permiten alcanzar bahías remotas, playas cubiertas de hielo y rincones donde apenas llegan visitantes cada temporada.

Es posible realizar caminatas entre glaciares, navegar entre icebergs, observar ballenas desde muy cerca, fotografiar colonias de aves marinas o incluso participar en actividades como kayak, acampar una noche al aire libre o realizar largas travesías a pie por algunos de los paisajes más remotos del planeta.

La filosofía es sencilla: no limitarse a contemplar el entorno desde la cubierta del barco, sino formar parte de él.

Una naturaleza que se vive con todos los sentidos

Los viajes polares suelen recordarse por las sensaciones. Por el silencio absoluto que envuelve una bahía antártica cuando el motor de la lancha Zodiac se detiene; por el sonido seco de un glaciar desprendiéndose a lo lejos o por la aparición inesperada de una aurora boreal sobre los fiordos de Groenlandia, o de una aurora austral iluminando los cielos de la Antártida al final de la temporada.

Son experiencias que difícilmente pueden transmitirse mediante fotografías, porque aunque puedan mostrar el paisaje, no consiguen reproducir la emoción de estar allí.

Cuándo viajar al Ártico y a la Antártida

La temporada de expediciones al Ártico suele desarrollarse entre abril y septiembre, coincidiendo con los meses más benignos del hemisferio norte. Dependiendo de la fecha elegida, es posible disfrutar del sol de medianoche, observar fauna emblemática o contemplar las primeras auroras boreales del otoño.

La Antártida, por su parte, se visita entre noviembre y marzo; y cada momento de la temporada ofrece atractivos diferentes: desde la llegada de los pingüinos a las colonias de reproducción hasta los impresionantes avistamientos de ballenas que caracterizan el final del verano austral.

En ambos casos, la naturaleza marca el ritmo del viaje.

Mucho más que un viaje

Existe una frase atribuida al explorador noruego Roald Amundsen que afirma que «la aventura es simplemente una mala planificación». Quizá eso era cierto cuando los polos eran territorios reservados a exploradores y científicos pero hoy, alcanzar el Ártico o la Antártida significa embarcarse en una experiencia cuidadosamente concebida.

Cada detalle está pensado para que el viajero pueda concentrarse en una sola cosa: disfrutar de la emoción de llegar a uno de los lugares más remotos y fascinantes del mundo. La sensación de estar contemplando un mundo que permanece prácticamente intacto; la certeza de haber llegado a lugares que durante siglos representaron los límites de la exploración humana, y la convicción de que será un viaje que deja una huella profunda en nosotros.

Porque viajar al Ártico o a la Antártida no consiste únicamente en alcanzar los extremos norte y sur del planeta, sino en regresar con una mirada diferente, más consciente de la belleza del mundo.

En Suri consideramos un privilegio acompañar a nuestros viajeros en la creación de estas experiencias únicas, diseñadas con el máximo cuidado, donde cada detalle está pensado para que el sueño de llegar a los confines del planeta se convierta, por fin, en una realidad excepcional.

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