La tela es suave y su caída particular, acompaña el cuerpo en lugar de seguirlo. En sus colores un azul profundo, un rojo intenso, un verde delicado, tonos que se combinan con una precisión pensada al detalle. Ponerse un hanbok en Corea del Sur es, antes que nada, una experiencia sensorial.
Frente al espejo, mientras alguien ajusta el jeogori, acomoda la falda y anuda con cuidado las cintas, la prenda deja de ser algo que se observa en un museo o en una fotografía, y empieza a formar parte del viaje.
El hanbok no es simplemente el traje tradicional de Corea… Es una manera de acercarse a su historia.
Una prenda que nació para moverse
Aunque hoy asociemos el hanbok con los palacios de Seúl, las ceremonias y las fotografías frente a las construcciones legendarias de Corea, sus orígenes son mucho más antiguos.
La vestimenta tradicional coreana comenzó a tomar forma durante el período de los Tres Reinos de Corea —Goguryeo, Baekje y Silla—, entre el siglo I a. C. y el siglo VII. Ya en ese entonces aparecían algunos de los elementos que reconoceríamos siglos después: prendas superiores cruzadas, pantalones amplios y faldas largas, concebidos para permitir libertad de movimiento.
La ropa no era idéntica en los tres reinos. Cada territorio desarrolló sus propios cortes, materiales y formas de vestir, mientras recibía influencias de los pueblos y culturas con los que mantenía contacto.
Con el paso de los siglos, el traje fue cambiando.
Durante la dinastía Goryeo se incorporaron nuevas telas, técnicas de teñido y colores, y la silueta femenina comenzó a adquirir mayor volumen. Pero sería durante la dinastía Joseon, entre los siglos XIV y XIX, cuando el hanbok adquiriría buena parte de la apariencia que hoy reconocemos como tradicional.
También fue en ese momento cuando la ropa comenzó a hablar de una manera mucho más precisa: el color, la calidad de la tela, los bordados y hasta determinados accesorios podían revelar la posición social, la edad o la ocasión para la que se había vestido una persona.
La indumentaria era, en cierta forma, un lenguaje.
La silueta que define al hanbok
La versión femenina del hanbok tiene como protagonistas dos piezas: el jeogori, la chaqueta corta que cubre la parte superior del cuerpo, y la chima, una falda larga y amplia que cae desde debajo del pecho.
El resultado es una silueta característica, elegante y fluida.
El jeogori se cierra en la parte delantera mediante unas cintas llamadas otgoreum, y el modo en el que se anudan también forma parte de la belleza de la prenda.
La chima tiene una amplitud que permite que la tela se mueva al caminar. Es precisamente ese movimiento uno de los rasgos que hacen tan reconocible al hanbok. No busca marcar el cuerpo de la misma manera que muchas prendas occidentales… Su belleza está en la línea, en el volumen y en cómo la ropa acompaña cada paso.
En el caso masculino, el conjunto se construye alrededor del jeogori y los baji, pantalones amplios que ofrecen comodidad y libertad de movimiento. Sobre ellos puede llevarse un durumagi, una especie de abrigo largo que también aparece en determinadas versiones femeninas.
El conjunto se completa con diferentes accesorios, desde los tradicionales beoseon, las medias blancas, hasta sombreros, zapatos, cinturones, horquillas y ornamentos.
Nada está colocado al azar.
Seda, lino, algodón: la importancia de la tela
Antes de fijarnos en el color o en los bordados, hay algo que explica buena parte de la personalidad del hanbok: sus tejidos.
Los materiales dependían de la ocasión, de la posición social y también de la estación del año. La seda estaba asociada a las prendas más refinadas y ceremoniales, mientras que el algodón, el cáñamo y otras fibras vegetales eran habituales en la ropa cotidiana.
La relación con las estaciones continúa existiendo en el hanbok contemporáneo. Para el verano se pueden encontrar versiones confeccionadas con lino o tejidos ligeros, prendas frescas y delicadas agradables para caminar por los palacios y barrios históricos de Seúl.
En invierno, los tejidos se vuelven más cálidos y aparecen capas adicionales que permiten conservar la estructura del conjunto sin renunciar a la elegancia.
Vestir un hanbok no significa elegir simplemente un color bonito. También significa escoger una prenda adecuada al momento del año y a la experiencia que se quiere vivir.
Cuando los colores también contaban una historia
Hay algo especial en los colores del hanbok. El rojo, el azul, el amarillo, el verde y el blanco aparecen en combinaciones que pueden parecer muy contemporáneas, aunque tengan detrás siglos de tradición.
Durante la dinastía Joseon, los colores y los materiales estaban estrechamente relacionados con la posición social y con determinadas ocasiones. Las prendas de las clases privilegiadas podían incorporar seda, colores intensos, bordados y motivos elaborados, mientras que la vestimenta del resto de la población era mucho más sencilla.
El blanco ocupó un lugar especialmente importante. Para las familias más humildes, las prendas blancas de algodón eran parte de la vida cotidiana, mientras que los colores más elaborados quedaban reservados para determinadas celebraciones.
Los bordados también tenían su propio lenguaje. Flores, mariposas, nubes, grullas, fénix o símbolos relacionados con la longevidad podían aparecer en las prendas ceremoniales. No eran simplemente elementos decorativos: expresaban deseos de felicidad, prosperidad, longevidad o buena fortuna.
En las vestimentas de la corte, esta simbología alcanzaba una complejidad extraordinaria, ya que el color y los motivos podían indicar el rango de quien llevaba la prenda.
Del palacio real a las celebraciones familiares
Durante siglos, el hanbok estuvo presente en prácticamente todos los ámbitos de la vida coreana. Había diferencias entre la ropa de la corte, la nobleza, los eruditos y la población común, pero también existían prendas específicas para ceremonias y momentos importantes.
Las bodas tenían sus propios hanbok, con mucho color y ornamentación. Los funerales y los períodos de duelo requerían prendas mucho más sobrias; y también existían vestimentas destinadas a ceremonias reales, ritos ancestrales y acontecimientos oficiales.
A medida que Corea se modernizó, el hanbok dejó de ser una prenda cotidiana y la ropa occidental pasó a formar parte de la vida urbana. Pero nunca desapareció del todo. Continúa presente en bodas, celebraciones familiares y otras ocasiones especiales.
Y también encontró una nueva vida en la moda.
El hanbok que mira hacia el futuro
En las últimas décadas, diseñadores coreanos comenzaron a reinterpretar el hanbok desde una mirada contemporánea.
Cambiaron las proporciones, simplificaron los cortes, utilizaron nuevos tejidos y crearon prendas que pueden incorporarse con naturalidad al armario actual. Algunas conservan apenas la línea del jeogori o la caída característica de la chima. La tradición no desapareció, sino que cambió de forma.
La popularidad internacional de la cultura coreana también contribuyó a esta renovación. El cine, las series, la música y la moda han llevado la estética del hanbok mucho más allá de las fronteras del país, convirtiéndolo en una de las imágenes más reconocibles de Corea.
Pero hay algo especial en contemplarlo en su propio lugar de origen, y todavía más en vestirlo.
Vestir un hanbok y caminar por la antigua Seúl
En Seúl existen numerosas casas especializadas donde es posible alquilar un hanbok, elegir entre diferentes colores y estilos y completar el conjunto con accesorios tradicionales. Y luego llega la parte verdaderamente especial: salir a caminar.
El palacio Gyeongbokgung, el más grande de los palacios reales de la dinastía Joseon, es uno de los escenarios más bellos para hacerlo. Los patios, las puertas monumentales, las cubiertas de los edificios y los colores de la arquitectura tradicional crean un paisaje en el que el hanbok parece encontrar naturalmente su lugar.
También es posible recorrer los alrededores de Bukchon Hanok Village, entre casas tradicionales hanok, pequeñas calles y perspectivas de la antigua Seúl.
Utilizar esta vestimenta permite entrar en contacto con una forma de entender la belleza que pertenece intrínsecamente a la cultura coreana.
Una forma especial de sentir Corea
Conocer el hanbok antes de viajar a Corea del Sur cambia la manera de verlo. Después de saber que sus colores tuvieron significados, que sus tejidos respondían a las estaciones, que sus formas cambiaron con las dinastías y que determinadas prendas estaban reservadas para la corte, una falda, una cinta y un bordado dejan de ser simplemente eso.
Por eso, vestir un hanbok durante un viaje a Corea del Sur es una oportunidad para acercarse a la historia del país desde un lugar íntimo y personal.
Caminar con él por los antiguos palacios de Seúl, entrar en un templo, perderse entre las calles tradicionales de Bukchon y observar cómo la tela se mueve con cada paso es una manera sencilla, pero muy especial, de sentir Corea.
