El aire que se respira en Mendoza es el de la Cordillera de los Andes. Un aire limpio, seco, atravesado por el perfume de los álamos, la presencia constante de la montaña y ese cielo inmenso que es una parte fundamental del paisaje. A un lado están las cumbres de los Andes; al otro, los viñedos que se extienden sobre la tierra de Cuyo, y entre ambos, el agua que desciende de las montañas y hace posible una de las grandes historias agrícolas -y productivas- de Argentina.
Mendoza puede vivirse de muchas maneras. En invierno cuando la nieve cubre las montañas, a través del esquí y los deportes de nieve. En verano, con escaladas, senderismo, cabalgatas o rafting por los ríos de deshielo. También siguiendo la ruta hacia paisajes como el Cañón del Atuel o el Dique Los Reyunos.
Pero existe otra forma de conocer esta tierra, y es mucho más pausada: sentarse a la sombra de una galería, frente a una hilera de viñas, y dejar que alguien sirva vino en una copa.
Ahí es donde comienza otra clase de viaje.
Una experiencia que se vive con los cinco sentidos
Hay algo profundamente sensorial en beber un vino en el mismo lugar donde fue concebido.
Primero está el aroma. Frutas maduras, flores, especias, hierbas, cacao o el perfume de la madera de las barricas. Después llega el gusto, que cambia con cada sorbo y descubre matices que parecen diferentes según lo que haya en el plato.
Está también el tacto: la copa entre los dedos, el movimiento lento de la mano que hace girar el vino y permite que entre en contacto con el aire.
Se suma el oído con el sonido del vino cayendo en la copa, la conversación alrededor de una mesa o el tintineo de un brindis que se repite mientras la tarde avanza.
Y por supuesto, la vista. Porque todo esto ocurre entre viñedos, alamedas y montañas, con la Cordillera de los Andes como telón de fondo.
Sin dudas el enoturismo mendocino tiene algo que va más allá de la degustación. No se trata solamente de probar un vino, sino de comprender de dónde viene, quién lo hizo y qué paisaje existe detrás de cada botella.
Mendoza, la gran tierra del vino argentino
Hablar de Mendoza es hablar, inevitablemente, del vino argentino.
La provincia produce alrededor del 70 % del vino del país y reúne cerca de 900 bodegas, de las cuales más de 200 están abiertas a los visitantes. Desde Maipú y Luján de Cuyo hasta el Valle de Uco y San Rafael, la viticultura forma parte de la identidad mendocina.
Mendoza forma parte además de Great Wine Capitals, la red internacional que reúne a algunos de los principales destinos vitivinícolas del mundo. La provincia ingresó en 2005 y, desde entonces, ha consolidado una oferta de enoturismo que va mucho más allá de la visita tradicional a una bodega.
Porque el vino mendocino también ha cambiado.
El Malbec continúa siendo su gran embajador internacional, pero las bodegas trabajan con una diversidad cada vez mayor de estilos y variedades: Cabernet Sauvignon, Merlot, Pinot Noir, Syrah, Chardonnay, Torrontés, Garnacha, Monastrell, Riesling, Albariño y muchas otras.
Hay vinos profundos, concentrados y criados durante meses en barricas francesas; otros buscan frescura y expresividad y pasan por huevos de cemento; algunos nacen de pequeñas producciones familiares y otros proceden de grandes bodegas que han convertido sus espacios en auténticos destinos gastronómicos y arquitectónicos.
Por eso cuando hablamos de la Ruta del Vino en Mendoza, hablamos de muchas rutas diferentes.
Luján de Cuyo: la tierra del Malbec
A unos pocos kilómetros de la ciudad de Mendoza -capital de la provincia homónima- comienza una de las zonas más reconocidas del mapa vitivinícola argentino.
Luján de Cuyo es conocida como la tierra del Malbec y concentra más de medio centenar de bodegas abiertas al turismo. Aquí conviven grandes nombres de la viticultura argentina con proyectos familiares y bodegas boutique.
En esta región, las visitas permiten conocer los procesos de elaboración, recorrer las instalaciones, descubrir la historia de las familias vinculadas al vino y, finalmente, sentarse a degustar aquello que se ha producido allí mismo.
Distritos como Vistalba, Agrelo y Las Compuertas suman además una combinación especialmente atractiva de paisaje, arquitectura, gastronomía y montaña.
Maipú: historia, vino y olivares
Más cerca de la ciudad se encuentra Maipú, una de las zonas históricas de la producción de vino mendocino.
Aquí la experiencia tiene un carácter diferente. Las viñas aparecen entre alamedas y olivares, junto a bodegas históricas, proyectos familiares, museos y antiguas construcciones que permiten reconstruir la historia del lugar y la producción.
Es además una de las zonas más sencillas para recorrer si no se dispone de demasiado tiempo.
Algunas propuestas pueden hacerse en bicicleta, combinando bodegas y almazaras. Porque en Maipú el vino comparte protagonismo con el aceite de oliva, otro de los grandes productos de esta tierra.
La combinación resulta casi inevitable: una copa de Malbec, aceite de oliva, productos regionales y una mesa al aire libre bajo el sol mendocino.
Valle de Uco: vino frente a los Andes
Continuando el recorrido se encuentra el paisaje que se ha convertido en sinónimo del nuevo vino mendocino. El Valle de Uco se extiende al sur de la ciudad y lleva la relación entre vino y montaña a otra escala.
Aquí las viñas se encuentran a los pies de la Cordillera, en un territorio de grandes amplitudes térmicas, suelos diversos y altitudes que permitieron desarrollar una identidad propia dentro de la vitivinicultura argentina.
La Ruta 40 atraviesa el valle y, hacia el oeste, la Ruta Provincial 89 se adentra en el llamado Camino del Vino.
El paisaje cambia a medida que se avanza… Aparecen las cumbres, el volcán Tupungato, los pequeños valles, el río Tunuyán y las hileras de viñedos que avanzan hacia la montaña.
Y también lo hace la arquitectura. En el Valle de Uco se encuentran algunas de las bodegas contemporáneas de Argentina, junto a proyectos familiares y productores que trabajan de manera artesanal.
Para conocer esta región conviene reservar un día completo y, si el tiempo lo permite, alojarse allí más de un día.
San Rafael: cuando el vino se encuentra con la aventura
Más al sur aparece San Rafael, la segunda gran región vitivinícola de Mendoza.
Aquí el vino puede formar parte de un viaje más amplio, en el que la naturaleza y la aventura tienen un papel protagonista.
Una mañana puede comenzar con una visita a una bodega y continuar junto al Cañón del Atuel, el río Diamante o el Dique Los Reyunos. También es posible disfrutar de la ruta del vino junto con actividades al aire libre y recorridos por algunos de los paisajes más singulares del sur mendocino.
Es una buena opción para quienes quieren que el viaje combine dos caras diferentes: la energía de la montaña y la calma de una copa al final del día.
No hace falta ser un experto para disfrutar del vino
Una de las mejores cosas de la Ruta del Vino en Mendoza es que no exige conocimientos previos. No es necesario distinguir un Cabernet de un Malbec a ciegas, ni saber reconocer cada nota de una barrica.
Una buena experiencia enoturística tiene algo de descubrimiento. Aprender a sostener una copa, acercarla a la nariz, probar, comparar y descubrir qué gusta y qué no. En definitiva, dejarse sorprender.
Las bodegas mendocinas ofrecen desde degustaciones sencillas hasta menús de varios pasos armonizados con vinos de la temporada, picnics entre viñedos, atardeceres, paseos en bicicleta, cabalgatas, clases de cocina, juegos de blend e incluso experiencias como yoga, cine al aire libre, vuelos en globo o paseos en helicóptero.
El vino puede ser el centro del viaje o simplemente, una de sus mejores partes.
Cuando la bodega se convierte en restaurante
En Mendoza, vino y gastronomía han crecido prácticamente de la mano.
La experiencia de visitar una bodega ya no termina necesariamente en la sala de degustación. Cada vez hay más restaurantes donde la cocina interpreta el territorio y los vinos de la propia casa acompañan cada plato.
Comer entre viñedos tiene algo difícil de reproducir en otro lugar.
El producto llega a la mesa mientras las hileras de vides se pierden en la distancia y la montaña aparece detrás. El aceite, las carnes, las verduras, los quesos y los productos de estación encuentran en los vinos mendocinos un compañero natural.
Y la gastronomía alcanzó tal nivel que varias de estas propuestas han sido reconocidas por la Guía Michelin, consolidando a Mendoza como uno de los grandes destinos gastronómicos de Argentina.
Aquí el maridaje no es un añadido, sino una parte de la experiencia.
Dormir entre viñedos
La evolución del enoturismo ha hecho posible algo que cambia por completo la relación con el destino: ya no es necesario abandonar la bodega al terminar la degustación.
Cada vez existen más propuestas de alojamiento entre viñedos, donde el vino comparte espacio con la gastronomía, el bienestar y la naturaleza.
De esta manera, la última copa de la tarde no marca el final de la experiencia. Es simplemente el comienzo de una noche entre viñedos.
¿Cuándo viajar a Mendoza para recorrer la Ruta del Vino?
Mendoza puede visitarse durante todo el año, aunque cada estación transforma el paisaje.
El mes de marzo tiene un significado especial: es el momento de la vendimia, cuando comienza la cosecha de la uva y la provincia celebra su Fiesta Nacional de la Vendimia, una tradición que se celebra desde 1936.
El otoño tiñe los viñedos de ocres, amarillos y rojizos y ofrece temperaturas agradables para recorrer las bodegas.
La primavera devuelve el verde al paisaje y permite disfrutar de días templados, mientras que el verano encuentra las viñas en pleno esplendor, aunque las temperaturas pueden ser elevadas.
El invierno, en cambio, ofrece una Mendoza más silenciosa. Es una buena época para quienes prefieren recorrer bodegas con menos visitantes y combinar el vino con la nieve de la Cordillera.
Mendoza, una forma deliciosa de conocer Argentina
Hay algo especialmente hermoso en descubrir un país a través de aquello que produce.
En Mendoza, la tierra se transforma en vino y el vino se convierte en una forma de contar una historia: la de la montaña, las familias que llegaron a estas tierras, las generaciones de viticultores, la arquitectura de las bodegas y una nueva generación que experimenta con variedades, técnicas y formas diferentes de entender el vino.
La Ruta del Vino puede ser mucho más que una escapada gastronómica y transformarse en una manera de viajar por Argentina. De respirar el aire seco de los Andes por la mañana, caminar entre los viñedos cuando el sol comienza a bajar, sentarse a una mesa donde cada plato habla de la tierra y levantar una copa mientras las montañas cambian de color.
Con esta experiencia el vino deja de ser solamente vino. Tiene el aroma del lugar donde nació, la textura de su tierra, la luz de esa tarde y el recuerdo de haberlo bebido allí.
Mendoza es una de las tantas formas deliciosas de descubrir Argentina: con una copa en la mano, la Cordillera frente a los ojos y todo el tiempo del mundo para brindar.
